Uno de los desafíos que enfrentan los jóvenes entre los 18 y 25 años es la llegada a la adultez; para muchos, esto suele significar un golpe de realidad al enfrentarse a vivir circunstancias que los obligan a salir del cascarón o salir de las mieles de ser adolescente.

Para conocer este impacto que toca a miles de jóvenes, consultamos con la licenciada Dalia Aguiló Queliz, especialista en neurología clínica, quien definió este proceso como etapas donde las personas comienzan a enfrentarse de manera más consciente a la complejidad de la vida. 

En algunos casos, esto ocurre a través de pérdidas significativas que dan lugar a procesos de duelo; otras veces ocurre mediante desafíos, frustraciones o cambios inesperados que ponen a prueba nuestra capacidad de adaptación.

“Sentir dolor no es una señal de debilidad, sino una respuesta humana ante experiencias que nos impactan profundamente. La clave no está en evitar el sufrimiento ni en apresurar los procesos emocionales, sino en aprender a transitarlos con apoyo, autocompasión y recursos saludables. Cuando entendemos esto, dejamos de preguntarnos cuánto tiempo debería durar el dolor y comenzamos a preguntarnos qué necesitamos para atravesarlo de una manera más sana y consciente”, aconsejó Aguiló Queliz a los jóvenes.

Es común observar que muchos jóvenes se cuestionan si su proceso de duelo está siendo demasiado lento. Sin embargo, la especialista es enfática al señalar que "no existe un cronómetro emocional". En una cultura que presiona constantemente para "superar" el dolor de forma inmediata, la psicóloga subrayó que los procesos emocionales no siguen una línea recta y que cada pérdida presenta características únicas.

Los profesionales de la salud mental indican que el enfoque no se centra en cuánto tiempo ha transcurrido desde el evento, sino en el fundamento de la persona: si esta es capaz de continuar con aspectos importantes de su vida, si puede conectar con otras personas y si logra identificar momentos de felicidad a pesar de la tristeza.

“Sanar no implica volver a ser quien éramos antes de la pérdida, sino construir una nueva versión de nosotros mismos integrando esa experiencia”, manifestó.

La conexión entre el cuerpo y el dolor

Uno de los aspectos más reveladores del dolor emocional, según Aguiló Queliz, es que el cerebro no procesa el sufrimiento físico y el sentimental de manera independiente; por el contrario, regiones asociadas a la molestia física se activan ante experiencias de rechazo o abandono.

Además, estas experiencias suelen activar una respuesta de estrés que afecta directamente el descanso. La mente, en su intento por comprender una realidad inesperada, suele sufrir dificultades para conciliar el sueño o presentar despertares frecuentes, lo que genera un cansancio persistente.

También, la autoestima puede verse comprometida al utilizar el final de una relación como una medida del valor personal, olvidando que ninguna ruptura tiene la capacidad de definir la esencia de un individuo.

“Las relaciones terminan por múltiples razones, pero ninguna ruptura tiene la capacidad de definir quién eres como persona”, dijo.

Para fortalecer la autoestima, Aguiló Queliz dijo que reconstruir la autoestima implica reconectar con aspectos de la identidad que existen más allá de la relación: capacidades, nuestros valores, proyectos, amistades y todo aquello que da sentido. Resaltó que la autoestima sana no depende únicamente de ser elegidos por alguien, sino de aprender a reconocer y valorarse incluso en momentos difíciles. 

 

 

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